España / El pasado 11 de mayo, Barcelona celebró el título de La Liga entre una marea de 750 mil personas. Pero hubo una imagen que nadie podrá olvidar: el joven Lamine Yamal, de solo 18 años, pidió personalmente a un aficionado que le alcanzara una bandera de Palestina y la ondeó con firmeza durante más de cinco minutos en lo más alto del autobús descapotado. No fue un arrebato espontáneo: fue un gesto meditado, hecho con plena conciencia, que el entorno del futbolista calificó como típico de alguien "muy consciente" del peso simbólico de sus actos. En un instante, la fiesta del fútbol se transformó en el más poderoso símbolo de congruencia contra el genocidio en Gaza.
Las repercusiones no se hicieron esperar. Mientras el técnico del Barcelona, Hansi Flick, manifestaba públicamente que "que Lamine apareciera con la bandera de Palestina son cosas que no me gustan", figuras como la eurodiputada de Podemos Irene Montero celebraban que "romper la complicidad con Israel desde el deporte es lo más digno que podía hacer". El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, se vio obligado a recordar que "España ha reconocido el estado de Palestina". La Asociación de Fútbol de Palestina también respaldó al joven, destacando su gesto en redes sociales. Sin embargo, las reacciones más duras contra el futbolista expusieron una vez más el doble rasero del establishment deportivo: Yamal solo hizo lo que muchas estrellas evitan por temor a perder patrocinios o favores oficiales.
Lamine Yamal no está solo. El mundo del deporte está lleno de atletas que han plantado cara a la maquinaria proselitista sionista, elevando la voz de la justicia en lugar de esconderse detrás de un titular falso de "neutralidad". En la NBA, Kyrie Irving ha sido un caso paradigmático: primero portó un collar con la bandera de Palestina sobre el mapa de Israel, luego una kufiya en conferencia de prensa y, durante el All-Star Game, lució una camiseta con la leyenda "PRESS" dedicada a los más de 300 periodistas asesinados en Gaza. El cineasta Spike Lee también desfiló por el mismo evento con su bolso adornado con la bandera palestina, en un acto que desató la furia de los sectores más reaccionarios del deporte estadounidense.
En la NFL, el linebacker Azeez Al-Shaair usó tachuelas con la frase "Free Palestine" durante la pretemporada, mientras que en la Fórmula 1, Lewis Hamilton calificó la masacre como "genocidio" y afirmó sin tapujos: "como seres humanos no podemos mirar para otro lado". El ciclista belga Wout van Aert intentó difundir el mensaje pero tuvo que borrar su publicación bajo presión de su patrocinador. En el balompié europeo, figuras como Mohamed Salah han utilizado sus redes para pedir un alto al fuego, mientras que en las gradas de San Mamés, 50 mil aficionados ondeaban la bandera palestina antes del partido.
Cada uno de estos gestos, desde la bandera de un adolescente genio hasta el collar de un veterano de la NBA, tienen un denominador común: la certeza de que el deporte nunca ha sido ajeno a la política. Lo que el imperialismo no tolera es que esas expresiones se alineen del lado correcto de la historia. Por eso, el ejemplo de Lamine Yamal cala más hondo que cualquier editorial patrocinado por las grandes corporaciones. En un mundo donde los gobiernos y las élites financieras sostienen la maquinaria bélica de Israel con silencio y complicidad, estos atletas nos recuerdan que la resistencia también se construye en las canchas, en los estadios y en las calles.